El lenguaje de la adolescencia

El lenguaje de la adolescencia

Artículo que describe el camino dado por Rudolf Steiner para ayudar a los jóvenes a empoderarse asertivamente de su comunicación y a fortalecer su yo. Recorre  el desarrollo  de la infancia hasta la adolescencia,  señalando maneras de apoyarlos en las distintas etapas.

En la adolescencia vemos que los jóvenes oscilan entre dos polos, unos parecen sufrir de mutismo, otros se expresan con arrebatadora impulsividad.  Dar voz al callado y ayudar al intrépido a expresarme más asertivamente son nuestros grandes retos como educadores. Desde luego en clase o en casa,  no solemos quejarnos de los mudos, de aquellos “chicos buenos”. Ni nos ocupamos ni nos preocupamos por ellos, porque no molestan. Más desagradables son aquellos que con sus comentarios irritantes ponen en tela de juicio nuestros criterios, modos y metodología. Esos jóvenes insolentes, que no se callan, que no soportan la hipocresía, que discuten nuestro punto de vista, que dicen lo que sienten y piensan. Estos, en gran medida tienen un fondo de razón en lo que dicen, el problema es que no han aprendido (aún) a expresarse de manera adecuada, respetuosa y clara. No aprendieron a decir lo que sienten y piensan desde sí mismos, renunciando a herir al otro. El mutismo, también es una forma de protesta…y también a éstos jóvenes hay que ayudarlos a expresarse verbalmente, ya que corren el riesgo de en vez de dañar al entorno, auto dañarse. La rabia que no sale hacia afuera, quema hacia adentro…

Respecto a los objetivos del lenguaje en las diferentes etapas del desarrollo, Rudolf Steiner matizó la importancia de que en el primer septenio los niños aprendieran a hablar correctamente, a hablar bien. En esta etapa es de vital importancia que el adulto hable con una articulación clara y que haya una coherencia y unidad entre sus palabras, sus gestos, sus emociones y sus pensamientos. Es la etapa en la que el niño debe sentir que el mundo es bueno, ya que esa confianza le dará la seguridad necesaria para desplegarse. Nuestro rol es el de un adulto digno de ser imitado, ya que los niños aprenderán a través de nuestro ejemplo.

En el segundo septenio el niño debe poder conectar con la belleza del lenguaje. Aquí, además de hablar articulando correctamente cada sonido, el niño puede empezar a sentir y distinguir los diferentes gestos y dinámicas de las palabras. Puede percibir como según el tono y expresividad que pongamos, una palabra puede sonar más bella, más idónea. Es la etapa en la que el niño, para poder desplegarse plenamente, necesita sentir que el mundo es bello. Aquí la poesía, con todo su potencial, representa la sublimación de la belleza del lenguaje. Nuestro rol debería ser el de un adulto creativo, autor de sus propios pensamientos y actos. Eso generará lo que en la pedagogía Waldorf llamamos autoridad querida. Un maestro que repite como un loro la lección escrita en el libro de texto, difícilmente conseguirá verdadero respeto…

En la adolescencia Rudolf Steiner destaca la importancia de que los jóvenes conecten con el poder del lenguaje. Y es cierto, el lenguaje nos empodera, nos sitúa plenamente como yoes frente a otros yoes, es el vehículo a través del cual podremos o no,  desplegar nuestra personalidad y nuestra individualidad. A su vez, esta es la etapa en la que el joven necesita sentir que el mundo es justo, o mejor dicho, tiene un gran anhelo y necesidad de justicia. Es la época en la que tiene que poder conectar con sus más profundos ideales, de lo contrario, se queda solo en los ídolos (ídolos de rock, de deporte…). Como adultos nos respetan si también en nosotros perciben la llama de los ideales, la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Si gritando a un niño pequeño le decimos que se calle, no se calla, porque lo que imita es el grito. Si faltándole el respeto a un joven le decimos que nos tenga respeto, “porque lo digo yo”, se rebelará  consciente o inconscientemente ante esa falta de justicia y es difícil que nos respete de verdad. También aquí seguimos siendo un referente.

teatro 8, 9

Teatro de la 8 clase de la escuela Waldorf de Campinhas, Brasil. Mayo 2016.

En “metódica didáctica”, Rudolf Steiner expone el camino de enseñanza de la lengua, señalando que entre los 7 y 9 años, enseñemos a los niños la gramática (de su lengua materna), es decir, la estructura, lo correcto. Entre los 9 y 12 años que enseñemos la retórica, es decir la belleza del lenguaje,  a través de narraciones descriptivas. Entre los 12 y los 15 años, que trabajemos sobre la dialéctica, el poder de la lengua, a través de trabajos escritos y orales donde haya que explicar. Vemos la secuencia: lo correcto, lo bello, lo poderoso; la gramática, la retórica, la dialéctica; la estructura, la descripción, la explicación.

Es por tanto importante permitir a los jóvenes que se expliquen. Explicar requiere de una reflexión donde intervienen tanto los pensamientos como los sentimientos, lo objetivo con lo subjetivo. Una descripción de un árbol es objetiva, o al menos Rudolf Steiner cuando se refiere a la importancia de la descripción, se refiera a la capacidad de abrir los sentidos al mundo y ser capaz de verlo y describirlo, sin aún implicación emocional. En la explicación, el Yo incipiente se pone en marcha, surge algo desde dentro que quiere expresarse y se intensifica la interrelación entre su interior y el mundo.

A esta edad no podemos ser nosotros los que les explicamos todo. No podemos ni debemos callarlos. Es el momento en que les toca a ellos, explicarse, expresarse y confrontarse.

En la adolescencia sería un error querer callar las voces de protesta. Es legítima y natural su sed de justicia. Importante es acompañarlos y ofrecerles herramientas concretas, para poder encauzar positivamente tanta vitalidad. O bien ayudar a los que no hablan, a despertar de la apatía y conformismo tan propio de nuestra era, permitiéndoles explorar las intensas emociones propias de su edad.

En esta etapa el teatro es maravilloso como medio para sacar a flote todas las emociones que ahora quieren ser liberadas. Torbellinos de sentimientos encontrados, contradictorios, fugaces. Además del teatro en sí, Rudolf Steiner sugirió trabajar con lo que él denominó “Los seis gestos anímicos básicos”. Estos son: hablar directo, ensimismado, dudoso, antipático, simpático y situado en sí mismo. A partir de estas emociones básicas surgen todas las demás. Se lo trabaja desde el cuerpo y la palabra y nos permite hacer frases o escenas, desde diferentes gestos y tomar conciencia de cómo cambia el mensaje al cambiar la emoción. También es útil la improvisación en base a los cuatro temperamentos. Esto nos permite elevar a lo artístico los procesos latentes, conocer, ordenar y aprender a canalizar y expresar lo que hay dentro. Y más allá de lo artístico, los jóvenes ya están preparados para que reflexionemos juntos sobre nuestra mutua manera de comunicar. Podemos observar y analizar conflictos ocurridos y fijarse metas e intenciones comunicativas.

Hablar con asertividad significa que hemos trascendido la etapa de callar nuestros sentimientos y también la de escupirlos sin escrúpulos; significa que somos capaces de expresarnos con claridad y sin atacar al otro. Hablar del poder del lenguaje es hablar de la eficacia de llegar con nuestras palabras, en definitiva, de la asertividad. La asertividad conjuga armónicamente lo correcto, lo bello y lo poderosos del lenguaje, es el camino final de una comunicación madura que ya pasó por sus diferentes etapas.

Por Tamara Chubarovsky, marzo 2016

www.vozymovimiento.com

Logopeda holística, especialista en desarrollo personal a través de la voz y desarrollo sensomotor y del lenguaje en niños.

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